Albacete, 23 de septiembre de 2026.- La Diputación de Albacete ha recuperado este miércoles el Día del Instituto de Estudios Albacetenses ‘Don Juan Manuel’ (IEA), una celebración que no tenía lugar desde 2008 y que regresa en una fecha especialmente simbólica: justo 49 años después de que, el 23 de septiembre de 1977, quedara constituida la Junta Directiva Provisional del Instituto, y ya a las puertas del 50º aniversario que la institución celebrará en 2027.
El vicepresidente de la Diputación y del Consejo Rector del IEA, Fran Valera, ha inaugurado junto al director del Instituto, Antonio Caulín, esta cita concebida para conjugar memoria, presente y futuro; para explicar y compartir lo que representa el IEA para la provincia, y para reconocer a las personas que han contribuido a construirlo en estas casi cinco décadas.
Una filosofía que el propio Valera ha resumido señalando que éste es, fundamentalmente, “un día de gracias”: a quienes fueron pioneros en 1977, a quienes han trabajado en el Instituto durante estos años, a sus miembros y a quienes continúan haciendo crecer una institución que, ha afirmado, atraviesa “unos momentos bonitos”.
Valera: “Tenemos que poner en valor lo que hemos sido, lo que somos y lo que queremos ser”
El vicepresidente ha explicado que el programa elegido para este “49 cumpleaños” refleja precisamente lo que, a su juicio, debe ser el IEA. “Tenemos que poner en valor lo que hemos sido, tenemos que poner en valor lo que somos y lo que queremos ser”, ha señalado, incidiendo en que una institución científica con casi medio siglo de trayectoria no puede limitarse a recrearse en su pasado, sino que debe aprovechar esa experiencia para continuar evolucionando.
Y lo ha hecho comenzando por la propia esencia del organismo. Valera ha recordado que en el IEA “de lo que se habla, de lo que se discute, de lo que se investiga, es ciencia”, aplicando el método científico desde muy diferentes ámbitos y disciplinas; pero ha advertido que, junto a esa dimensión necesariamente rigurosa y metódica, este Día del IEA incorporaba otra mucho menos tangible e igualmente importante: “las emociones” y, especialmente, “el agradecimiento”.
En este sentido, ha recordado a las personas que pusieron en marcha el Instituto en 1977, en un contexto social y político radicalmente diferente al actual, destacando el vínculo que ya entonces existía entre conocimiento, investigación y una sociedad democrática.
El Chalé Fontecha, “un hito importante en la historia del Instituto”
Al abordar el presente del IEA, Valera se ha detenido especialmente en su traslado al Chalé Fontecha, una decisión que ha calificado como “un hito importante en la historia del Instituto” y que, ha augurado, probablemente seguirá siendo recordada “cuando pasen otros 49 o 50 años”.
Pero, como ha reflexionado, ganar centralidad y visibilidad implica también asumir nuevas responsabilidades. En este punto, ha valorado muy positivamente la respuesta que el Instituto ha dado a ese desafío, multiplicando su actividad, publicaciones, proyectos, colaboraciones y alianzas.
Así, ha destacado la decisión y “valentía” que hubo detrás de este paso, iniciado durante la etapa de Antonio Selva al frente del IEA y desarrollado en los últimos años, y ha incidido en que estar en plena ‘Calle Ancha’, en un inmueble de extraordinario valor patrimonial y abierto a la ciudadanía, obliga también a la institución a exigirse más.
Conocimiento que no se guarda: se comparte y genera retorno
Precisamente ahí ha situado Fran Valera uno de los grandes valores añadidos de la evolución reciente del IEA: su apuesta por divulgar y compartir lo que investiga.
Porque, como ha explicado, el objetivo no puede ser únicamente “recrearnos en el conocimiento” o demostrar cuánto saben sus integrantes y la calidad de sus publicaciones. “El conocimiento, cuanto más compartido es, más nos enriquece como sociedad”, ha remarcado, defendiendo además la necesidad de preguntarse por el retorno social y económico de aquello en lo que se invierten recursos públicos.
Una filosofía que se plasma tanto en la apertura del Instituto a la ciudadanía como en sus alianzas con otras instituciones y, especialmente, con la Universidad de Castilla-La Mancha, una colaboración que Valera ha reivindicado asegurando que “quien colabora con la Universidad siempre sale ganando”.
En este contexto, ha celebrado la apertura del IEA a jóvenes que terminan sus grados y másteres mediante ayudas para que sus investigaciones puedan encontrar proyección y reconocimiento en el Instituto, al tiempo que ha puesto como otro ejemplo de retorno las excavaciones arqueológicas que se desarrollan en diferentes puntos de la provincia, muchas de ellas, en pequeños municipios.
Un trabajo científico que, según ha explicado desde su propia experiencia en su pueblo (Higueruela, ‘cuna’ de La Graja), genera conocimiento y emociones, pero también visitantes, promoción y actividad económica vinculada a algo perdurable: municipios “que trabajan, que cuidan su historia” y personas que dedican su esfuerzo a investigarla.
Miembros, trabajadores y Diputación: una “comunión” imprescindible
Valera también ha querido reconocer la particular suma de esfuerzos que hace posible el Instituto. De un lado, sus miembros y la autonomía con la que desarrollan su actividad científica; de otro, sus trabajadores y trabajadoras, a quienes ha definido con humor como “cooperadores necesarios, cómplices y todas las figuras de autoría que el Código Penal les podría dar”, porque “sin ellos nada sería posible”; y, junto a ambos, la Diputación y las diferentes Corporaciones que han respaldado al organismo a lo largo de su historia respetando su autonomía y su prestigio.
Precisamente el componente humano ha ocupado un lugar central en esta edición recuperada del Día del IEA. La jornada ha incluido un acto de reconocimiento a antiguos trabajadores y trabajadoras, con la entrega de diplomas como agradecimiento a quienes han dedicado una parte de su trayectoria profesional al Instituto.
Antonio Caulín, que ha agradecido expresamente el respaldo de la Diputación, reivindicando la investigación y la divulgación científica como elementos indispensables para el progreso, ha subrayado que el objetivo era decirles “gracias y bien alto” por un trabajo que, en muchos casos, fue más allá de sus obligaciones, aportando “un extra impagable, discreto y sin pedir nada”. “Formáis parte del equipo, de la gran familia del IEA. Ésta es vuestra casa y vuestra causa”, ha expresado el director.
Las personas homenajeadas han sido María Hilaria Barrero Morote, Marta Cañadas Mota, Marcelino Castillo López, María Dolores de la Prida Toledo, Victoria Escribano Piqueras, Carlos García Felipe, Alfonso José García González, Daniel García Mateo, María Isabel Gómez Martínez, María Isabel López Nieves, Juan Martínez González, Ana Martínez Navarro, Ginés Ortiz Montoya, Alejandro José Prieto Cebrián y María Serrano Rodenas.
El futuro del IEA, a debate desde nuevas generaciones y miradas
Pero el Día del IEA no se ha planteado únicamente como ejercicio de memoria. Su parte central ha sido la mesa redonda ‘El futuro del IEA después de 50 años de experiencia’, concebida para reflexionar sobre los próximos retos de la institución bajo la premisa de ‘Honrar el pasado, construyendo el futuro’.
En ella han participado algunas de las últimas incorporaciones: Carmen Belén Martínez Escobar, investigadora de la UCLM; Gabriel García Atienzar, catedrático de Prehistoria; José Iván Suárez Ruiz, periodista; y Alba Nueda Lozano, profesora de Historia de la UCLM.
Valera ha considerado especialmente acertada esa combinación de generaciones y ámbitos de investigación, porque las inquietudes actuales son necesariamente diferentes a las de 1977, aunque permanece intacto un objetivo: conseguir que la historia y la realidad de la provincia se conozcan “con rigor” y “con respeto”, y que el Instituto continúe siendo un espacio de investigación, debate y divulgación.
La conversación ha permitido, además, poner ejemplos muy concretos a esa pregunta que ha recorrido todo el Día del IEA: ¿cómo debe ser el Instituto de los próximos 50 años? Y las respuestas han coincidido en algo esencial: deberá seguir investigando con rigor, pero tendrá que esforzarse todavía más en conseguir que todo ese conocimiento llegue a la sociedad, dialogue con ella y sea capaz también de recoger lo que la propia sociedad puede aportar a la investigación.
Gabriel García Atienzar ha definido en este sentido al IEA y a la Diputación como esa “correa de transmisión” capaz de conectar la Universidad y la investigación con toda una provincia. Una capacidad especialmente valiosa, ha señalado, para llegar también a asociaciones, centros culturales y pequeñas localidades, haciendo que el lugar en el que se vive no determine las posibilidades de acceder al conocimiento.
Una reflexión que Alba Nueda ha llevado también en la dirección contraria: no sólo llevar a la sociedad aquello que investiga la Academia, sino escuchar y conservar aquello que la sociedad sabe. Ha planteado que el IEA puede convertirse cada vez más en un gran catalizador de testimonios, recuerdos y pequeñas historias locales que mañana necesitarán quienes quieran investigar nuestro tiempo. En disciplinas como la Historia Contemporánea, ha explicado, las personas que vivieron los acontecimientos son una fuente extraordinaria que todavía está disponible y que las nuevas tecnologías permiten registrar y preservar.
La evolución tecnológica ha aparecido, de hecho, como una de las grandes oportunidades. Desde el ámbito de la sostenibilidad se ha explicado cómo las imágenes de satélite permiten ya trasladar fenómenos globales a la realidad más cercana y estudiar cuestiones tan cotidianas como el efecto del calor en nuestras ciudades, la necesidad de sombra o la forma en que deberían diseñarse los espacios urbanos para mejorar la calidad de vida. Y desde la arqueología se ha puesto un ejemplo igualmente gráfico: si hace medio siglo muchas conclusiones sobre nuestros antepasados eran hipótesis, hoy los análisis científicos permiten conocer desde sus enfermedades y condiciones de vida hasta la procedencia de objetos encontrados a miles de kilómetros de su lugar de origen.
El desafío de contar la ciencia sin hacerla superficial
Buena parte del diálogo se ha detenido también en un reto muy actual: cómo competir por la atención de la ciudadanía en un mundo dominado por las redes sociales y los contenidos cada vez más breves, sin convertir en superficial aquello que por naturaleza es complejo.
José Iván Suárez ha defendido que el IEA y sus investigadores tienen que estar presentes en esos nuevos lenguajes, pero ha advertido del riesgo de reducirlo todo a mensajes mínimos, reivindicando también el libro, la lectura reposada y los contenidos capaces de ofrecer una visión completa. Alba Nueda ha planteado las redes precisamente como eso: no como un fin, sino como una puerta de entrada, un modo de despertar la curiosidad de personas que quizá nunca se acercarían por iniciativa propia a una institución académica y hacerles saber que el IEA existe y que está también a su disposición.
García Atienzar ha resumido ese desafío con una autocrítica compartida desde el mundo académico: quienes investigan deben aprender también a “bajar al barro” de la divulgación, porque no basta con generar conocimiento si después éste no encuentra la manera de llegar a quienes, en último término, lo hacen posible. De ahí han surgido propuestas para que la transferencia científica no se reduzca a una conferencia o una jornada de puertas abiertas al año, sino que tenga continuidad mediante exposiciones, actividades y nuevos formatos repartidos por toda la provincia.
Y el debate ha dejado incluso espacio para el humor al imaginar cómo atraer a las nuevas generaciones: desde fórmulas inspiradas en los encuentros informales de divulgación científica hasta un improvisado “Protein of Science”, después de recordar que los más jóvenes consumen menos alcohol. Más allá de la broma, la propuesta encerraba una cuestión muy seria: buscar los lenguajes y espacios en los que están los jóvenes para despertar en ellos curiosidad por la ciencia, la cultura y la historia de su propia tierra.
Precisamente ésa ha sido una de las imágenes más sencillas y esperanzadoras con las que los participantes han dibujado el futuro del IEA: que dentro de diez, veinte o cincuenta años estas mismas salas estén ocupadas por gente nueva y joven, con la misma ilusión por investigar, aprender y compartir conocimiento. “Eso significará que lo hemos hecho bastante bien”, ha resumido Nueda. Junto a ello, la mesa ha reclamado un Instituto cada vez más transversal, capaz de conectar ciencias, humanidades, tecnología, medio ambiente, salud o políticas públicas para comprender mejor una realidad que no cabe en compartimentos estancos.
“Dejar el Instituto en un sitio mejor del que lo encontramos”
El vicepresidente provincial ha cerrado su intervención confesando sentirse “muy agradecido de ser el responsable político del Instituto en esta etapa” y afortunado por compartir espacios de trabajo con personas “que saben mucho, mucho, mucho más” que él: “Uno siempre sale aquí un poquito mejor de lo que entra”.
Desde esa posición, Valera ha situado como responsabilidad de la Diputación acompañar y favorecer la evolución del organismo, considerando a Antonio Caulín, a la Comisión Permanente y al conjunto de integrantes del IEA aliados en un desafío compartido: “ser capaces de dejar el Instituto en un sitio mejor, más aventajado, que lo encontramos”.
Una mirada hacia delante que adquiere especial significado a las puertas de 2027, cuando el Instituto de Estudios Albacetenses ‘Don Juan Manuel’ alcanzará su primer medio siglo de historia.
La música ha formado también parte de esta jornada especial, con varios interludios interpretados por Alba Mínguez, al piano y voz, y Mario Morell, al contrabajo, completando una celebración construida precisamente alrededor de las tres dimensiones que han marcado sus 49 años de trayectoria: las personas que hicieron posible el IEA, la institución viva que es hoy y el futuro que comienza ya a construir.

Sé el primero en comentar