La bella Zulema.

LA BELLA ZULEMA
En tiempos de caballeros cristianos y reyes moros, el reino de Castilla lideró una coalición de estados cristianos que fueron reconquistando tierras cada vez más al sur. A principios del S. XIII caballeros castellanos tomaron Alarcón y la frontera quedó fijada al norte del río Júcar. De un lado el concejo de Alarcón, al otro la Taifa almohade de Jorquera con su puesto avanzado en Alcalá, en medio una tierra de nadie con aldeas abandonadas por los moros ante el avance cristiano.
Una mora vivía cautiva del rey Alfonso VIII en la tierra de Alarcón. Como se crio en aquel lugar pronto se convirtió al cristianismo. Zulema se llamaba y cuando la niñez dio paso a la mocedad su belleza deslumbró a cuantos la vieron.
Tanta era que llegó a los oídos del Cadí de Alcalá, el moro Garadel. Los mercaderes que venían de Castilla hablaban de su pelo, los juglares cantaban al hechizo de sus ojos y Garadel, sin siquiera verla, cayó bajo el embrujo de su hermosura. En él surgió un amor platónico que se convirtió en obsesión por conseguirla, pues no había tesoro ni capricho que el Cadí no poseyera.
Convocó a sus caballeros y cabalgaron asolando las aldeas que encontraron a su paso y asediaron las tierras del norte hasta conseguir su más preciado tesoro, La bella Zulema.
Cuando Garadel vio a la dama por vez primera se quedó tan impresionado por su belleza que estuvo días sin hablar. Y de regreso a Alcalá, la llevó a su palacio con el fin de que formara parte de su harén, en el que ella sería la favorita. Sólo una cosa le pedía el Cadí, que abandonara el cristianismo para convertirse al islam.
Ni los mejores trovadores de al Ándalus cantando para ella, ni dueña de palacios ni cubierta de joyas. Nada pudo hacer el Cadí; Pues no hubo oro, ni jardines, ni arrayanes. No hubo poetas, ni juglares, ni manjares. Nada hubo salvo su fe … y solo de eso era dueña.
De este modo, el despecho hizo crecer un oscuro resentimiento en el corazón de Garadel, hasta que una noche la arrastró a la torre más alta del castillo para castigarla por su desprecio y así doblegar su voluntad. Cada noche el moro subía a verla y le pedía que se diese por vencida. Pero Zulema se negaba a cambiar su fe, y la última vez que subió su captor a verla, ella se asomó a una ventana y saltó al vacío para morir cayendo por la ladera.
El dolor que sintió Garadel fue tal que lloró y lloró, hasta que murió de pena, y sus lágrimas corrieron como torrentes hasta alcanzar el cauce del río y se mezclaron con el agua para bañar para siempre las tierras de Alcalá.

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